Entrar a las salas tiene sus compensaciones. Si no te alegras con lo que ves en la pantalla ('El patio de mi cárcel' es tópica, tópica, tópica, y más que una cárcel aquello parece un festival de cine, lleno de besos, abrazos, reencuentros, y hasta algún cóctel que otro...) te llenas de vida con la presencia de los amigos.
Ver la sonrisa de Jordi Minguell da subidón. ¿O no?
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